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martes, 3 de abril de 2012

Egipto y la Biblia, ¿realidad o ficción?

A mediados del Siglo III a.C, con el gobierno ptolemaico, un comité de sabios judíos llegó a redactar una primera compilación del Antiguo Testamento en lengua griega, lo cual llegó a conocerse como la Septuaginta, ya que el número de sabios era de un orden de setenta. No cabe duda de que la gran mayoría de los pasajes que se relatan en este primer libro sagrado de los hebreos fue extraído de los cientos de miles de libros que ya existían en Egipto, y que algunos tenían casi dos mil años de antigüedad. Antigua también era la vida de los hebreos en Egipto. Lo cierto es que la aparición de este pueblo a orillas del Nilo es muy difícil de precisar para los especialistas. Algunos opinan que durante el Imperio Medio hubo una gran cantidad de inmigrantes hebreos que llegaron a trabajar en la construcción del las pirámides reales, pero ninguno de ellos duda de que a comienzos del Imperio Nuevo, éstos ya eran un pueblo instalado en Egipto como mano de obra barata. Sobre todo eran contratados para trabajar en las fábricas de ladrillo. No eran esclavos, ni tampoco vivían una vida tormentosa. Realmente, estos hebreos estaban totalmente egiptizados, hasta tal punto que en las escenas que nos muestran algunas tumbas tebanas solamente son reconocibles por las extrañas formas de sus cabellos y su barba. En general, los extranjeros que se habían asentado en Egipto allá sobre el Siglo XV a.C. habían llegado a una simbiosis tan profunda que incluso sin quererlo, transportaron legados egipcios a sus países de origen. Se llevaron consigo costumbres funerarias, costumbres religiosas y costumbres cotidianas. Entre estas últimas se encuentran ejemplos claros de nombres egipcios que fueron sensiblemente alterados por las lenguas que los adoptaron, y así en la Biblia vemos nombres como Meir, que proviene de la alteración Merai, que a su vez proviene del egipcio Meri, como por ejemplo Merinefer. Otro nombre curioso sería el de Festo, nombre que es mencionado en los Hechos de los Apóstoles, y que derivaba de la alteración Feira, que provenía del nombre egipcio Per-Aa, o sea Faraón. Otro nombre que adoptaron los hebreos, y que ha llegado hasta nuestra civilización, sería el de Susana. Los hebreos habían adoptado un nombre sensiblemente alterado, que era Shushannah, y que estaba compuesto por la palabra Shus, que es el nombre de la azucena, y la palabra Hannah, que significa agraciada. Y este nombre derivaba de su original en egipcio Sheshem, que era el nombre que los egipcios utilizaban para referirse al nenúfar azul. Los nombres de Aaron y Moisés, ambos son egipcios, derivando el primero del nombre de Aanen, y el segundo de Meses. Y que vamos a decir de nuestra hermosa isla de Ibiza, cuyo nombre deriva del enano dios Bes. Ya hemos visto algunos de los nombres que aparecen en el Antiguo Testamento, pero no hemos de olvidar que en este libro escrito en Alejandría, también se relataron hechos egipcios. Uno de los primeros vínculos que citan al pueblo hebreo con Egipto nos viene dado de Abraham, el cual en un principio era conocido como Abran. Éste, se hallaba junto con su mujer Sarai viajando hacia Egipto, y cuando habían llegado casi a la frontera, Abran le dijo a su esposa: “¡Mira, sé que eres hermosa, y cuando los egipcios te vean dirán ‘es su mujer’, y me matarán ami y a ti te dejarán la vida. Di pues que eres mi hermana”. Y así ocurrió, como lo había profetizado Abran, que cuando el faraón vio a Sarai cayó rendido ante su hermosura y la tomó por esposa. Ante todo esto, Abran estaba bien callado, haciéndose pasar por el hermano, y por esta causa, el faraón lo trató con grandes riquezas, que para algo era su cuñado. Lo dotó de siervos, de ganado y de una enorme mansión, que seguro tendría un buen número de féminas del harén para su deleite. A causa de todo esto, Yavhé lanzó grandes plagas contra el faraón, por haber tomado a Sarai, y cuando el rey se enteró, le dijo: “¿Qué me has hecho? ¿Por qué no me dijiste que era tu mujer? ¿Por qué me dijiste que era tu hermana y consentiste que la tomara por esposa?”. Con esta cita, los escribas judíos querían poner de manifiesto que jamás uno debe desear la mujer del prójimo, y el texto casi está sacado de las máximas de Ptah-Hotep, el cual ya nos dijo que: “Si deseas conservar la amistad en una casa en donde entras como amigo, como hermano, donde entres guárdate de acercarte a las mujeres de esa casa, pues nada bueno ocurre donde eso no se hace. La mirada que las observa nunca es demasiado precavida, innumerables hombres se dejan apartar así de lo que es bueno para ellos. Un corto instante, la apariencia de un sueño, y la muerte te alcanzará por haberla conocido, no lo hagas, es realmente una abominación y cada día te verás libre de toda sequedad en el corazón. A quien caiga por codicia de ellas, ningún proyecto saldrá bien en sus manos.” Y tras Abraham llega José, el cual llega a Egipto como esclavo, aunque lo realmente interesante es el significado del sueño tan extraño que tiene el faraón. El período citado en la Biblia como los Siete años de vacas gordas y siete años de vacas flacas no solo lo padeció Egipto en aquellos años, lo padeció todo el Antiguo Próximo Oriente durante incontables ocasiones. Otro aliciente egipcio en medio de este sueño son las siete vacas gordas, que ya se recogieron en los relieves de las primeras tumbas tebanas de la XVIII Dinastía, y que formaban parte de un pasaje de los Textos para Salir al Día, las siete vacas y el toro encargado del rebaño, y que simbolizaban, según los propios egipcios, el buen Nilo. Si seguimos buscando puntos de unión, los tenemos en la muerte de Jacob, que murió a los 110 años y fue embalsamado como un egipcio. Los 110 años fueron las edades soñadas por todos los sabios del Antiguo Egipto, desde Ptah-Hotep, Amenhotep el Hijo de Apu o el sabio Ani. Pero sin duda, lo que más sorprende es saber que ya al rey Netherijet le había sucedido algo parecido, y por eso se construyó la estela de la isla de Sehel, curiosamente, en tiempos ptolemaicos. Y la historia de José transcurre en la On Bíblica, es decir la ciudad de Heliópolis. Si José se convirtió en el visir del rey, ¿nos hallamos ante un recuerdo de Imhotep, aquel al que en tiempos de Ptolomeo, incluso los hebreos acudían a pedirle milagros? No sería de extrañar. Un nuevo personaje egipcio irrumpe como una locomotora en el Libro de Samuel, 16.1. Se trata de David, el hijo menor de Isaí, el cual se ve envuelto en una batalla contra los filisteos. La verdad es que el relato de Samuel no tiene desperdicio, sobre todo cuando uno de los filisteos, un tal Goliat, decide que zanjará la guerra mediante un solo combate, él contra el mejor hombre que los hebreos tengan en sus filas. Samuel describe al filisteo como un gigante, un atleta descomunal que con su cabeza oculta el sol. Y sin embargo, David lo derrota de una pedrada, lo que lo convierte en rey. Siglos antes de que el tal Samuel escribiera el relato de David y Goliat, se había escrito la Historia de Sinuhé, donde recordaremos que el propio hijo del sicómoro nos dice que un hombre fuerte y que se creía invencible llegó desde Retenu para luchar contra él, y tras haberlo matado, se hizo todavía más rico de lo que era, y llegó a tener tanto poder como el propio príncipe de Retenu. ¿Qué podemos contar sobre Moisés? Cuando nos paramos a pensar en la historia de Moisés, se nos vienen a la cabeza las imágenes de 600.000 hebreos huyendo de Egipto desesperadamente, mirando aterrorizados cómo dejan atrás esa horrible tierra de los faraones, en la que tantos y tantos hermanos habían sucumbido bajo el yugo del faraón. Nos imaginamos que Moisés es Charlon Heston, heroico, con su talla firme, su cabello canoso y su poderosa mirada, blandiendo su bastón mágico y llenado la tierra de Egipto con mortales plagas asesinas. En efecto, la Biblia nos habla de que un faraón que vivía en Per-Ramsés esclavizó al pueblo hebreo, y siempre hemos mirado a Ramsés II como el faraón del Éxodo. Para llegar a una conclusión seria acerca de la figura de Moisés, hemos de desglosar al hombre que la Biblia nos presenta. Nos hallamos ante un anciano de 80 años, el cual tras haber tenido una revelación divina se opone a la, por entonces, inapelable palabra de Faraón. Se nos presenta a un pueblo hebreo que está machacado por esos capataces egipcios que tan bien ha sabido presentarnos el cine. Un aspecto más que curioso de estas escenas es que siempre se presenta a los hebreos como seres moribundos, con toda la piel de su cuerpo pegada a sus huesos, mientras que los capataces egipcios aparecen como tipos barrigudos y de buena papada bajo su mentón. Pero, he aquí que aparece Moisés, que tras montar un número de magia, le presenta al rey la ira de Yavhé en forma de 10 plagas mortales. Así comienza el Éxodo judío, que los exegetas de la Biblia han situado en el reinado de Ramsés II, por lo que estaríamos hablando del 1279-1212 a.C. Por sí sola, la historia de Moisés es asombrosa, si bien es cierto que tiene elementos que tranquilamente podrían haberse dado en los días del gran Ramsés. No sería extraño, y seguro que no fue la primera vez que ocurrió, que un egipcio cualquiera se hiciera cargo de un niño a la muerte de los padres de éste. Ahora bien, presentarnos a un anciano en la corte del rey, el cual tiene la osadía de amenazar al sol de Egipto, eso es impensable. Realmente eso habría sido algo inaudito, que bajo ningún concepto pudo haber sucedido. Principalmente, porque llegar hasta la persona de Ramsés no era nada fácil, no podías llegar al palacio real y pedir cita con el rey como quien hoy día va al médico de cabecera. Podríamos poner cientos de ejemplos de príncipes extranjeros que, habiendo llegado a Egipto para ser educados en sus escuelas, partirían de mayores hacia sus países de origen para cumplir un puesto de confianza, como por ejemplo sirviendo de embajadores entre su pueblo y Egipto. Y nuevamente, podríamos ver mil y un puntos de unión entre los actos de Moisés y hechos que ya habían ocurrido con anterioridad. Los trucos de magia que realiza ante el rey ya se habían recogido en numerosos papiros del Imperio Antiguo, la muerte de los infantes era algo con lo que todo el mundo antiguo había aprendido a vivir, y las plagas que, según la Biblia, cayeron en Egipto, solían ocurrir de vez en cuando, y todas relacionadas con el Nilo. La primera plaga nos dice que el agua del Nilo se convirtió en sangre, que los peces se murieron y el río se infectó. Pues bien, cada verano, los egipcios aguardaban este preciso momento, la inundación, que daba a la Tierra Negra toda su riqueza. ¿Cómo iba a ser una maldición la llegada del limo negro? Las lluvias torrenciales que nacían más allá de las cataratas del país de Kush llegaban a Egipto llenas de lodo y barro. Así, siempre adquiría ese color rojizo, que al mismo tiempo provocaba que los peces no solo no fueran comestibles, sino que se morían, y por efecto de la contaminación, el agua no era potable. La segunda plaga es la de las ranas, que se nos dice que invadieron las ciudades justo a los siete días de haberse cumplido la primera plaga. Posiblemente, no ocurrió a los siete días, sino al día siguiente de haber comenzado la crecida. Y no solo las ranas huían del agua, sino que todos los animales que habían sobrevivido tenían la necesidad de buscarse alimento, ya que la contaminación había interrumpido su ciclo ordinario. Las ranas huían a las zonas secas, por que allí también migrarían las moscas y mosquitos de las que estas se alimentaban. Los cocodrilos también buscaban las zonas secas, en busca de alguna presa que llevarse a las fauces. No había nada de extraño en ver a las ranas huyendo de la contaminación del Nilo, así como también era habitual, por estas fechas, ver numerosas bandadas de pájaros que emigraban hacia latitudes más propicias para la supervivencia. La tercera y cuarta plaga nos hablan de los mosquitos, tábanos y piojos. Uno de los motivos por los que los egipcios solían afeitarse la cabeza era para evitar los piojos. Los mosquitos y los tábanos todavía hoy son una plaga en este país cuya climatología casi lo convierte en un país tropical. La quinta plaga sí es curiosa, ya que la Biblia nos dice que: “Pereció todo el ganado de los egipcios y no murió uno solo de los israelitas. El animal sagrado del faraón pereció también por la mano de Yavhé. (E.9, 6) El animal sagrado al que se hace referencia es el toro Apis, y esta plaga resulta curiosa por dos motivos. Uno es que es precisamente durante la época de Ramsés cuando este animal goza de mayor culto, ya que fue Jaemwaset el que magnificó el Serapeum. El otro motivo es que, si los hebreos eran esclavos, trabajaban de sol a sol sin sueldo, con una comida a base de agua y pan, sin posibilidad alguna de visitar ningún lugar que no fuese de casa al trabajo y del trabajo a casa, ¿cómo es posible que hubiera hebreos que poseyeran rebaños? ¿Acaso desconocían los exegetas que los ganaderos que poseían ganado propio eran comerciantes? La sexta plaga nos habla de las úlceras y sarpullidos. Durante el reinado de Ramsés II no hay constancia de hechos similares, pero sí que tenemos referencias de enfermedades que provocaban síntomas parecidos durante el reinado de Ajenatón. De hecho, se sospecha que una de sus hijas, la princesa Meketatón, pudo haber muerto de peste. La séptima plaga es la de las lluvias torrenciales. La lluvia era algo tan inusual en aquellos días, que decían los más ancianos del lugar que cuando llovía era la ira del dios Seth que se había desatado, y que su rugido era aterrador. La ira eran los relámpagos, y su rugido eran los truenos. Esto no sería un milagro divino, sino un fenómeno meteorológico. La octava plaga nos habla de un eclipse. Ya hemos relatado la importancia de los astrónomos del Antiguo Egipto, y no se trata en absoluto de un hecho paranormal, sino de un milagro del Universo. La novena es la plaga de las langostas, las cuales incluso se producen hoy día, llegando a cruzar el estrecho desde Marruecos a nuestra Península Ibérica. La última plaga de la que nos hablan las sagradas escrituras es la de la muerte del primogénito de Ramsés. Éste hecho sí que merece la pena estudiarlo con detenimiento, ya que por un lado tenemos lo que la Biblia nos cuenta, y por otro lado tenemos los restos arqueológicos. Ramsés fue coronado con 25 años, muriendo en su 67 año de reinado, tenía 92 años. La Biblia nos relata que el nacimiento de Moisés ocurrió cuando se estaba construyendo la ciudad de Per-Ramsés, por lo que el rey tenía ya 30 años. Si Moisés se presenta ante Ramsés con 80 años, debemos entender que el rey tenía esos 80 más los 30, lo cual hace un total de 110 años, la edad a la que aspiraban llegar todos los sabios. Además, sabemos que el primogénito del rey, Amonherjopeshef, murió en el año 40 de Ramsés. Si queremos marear más la perdiz, podemos situar a Merenptah como el faraón del Éxodo. Si hacemos cuadrar las cuentas, Moisés debió nacer sobre el año 5 del reinado de Ramsés, por lo que el rey llevaba 5 años consumidos de los 67 que reinó. Nos restan 62. Con estos datos, cuando Moisés llega a la corte con sus 80 años, Merenptah estaba en su año 13, cuando sabemos que tan solo reinó 10. Y aunque retrasáramos esos 3 años para hacer cuadrar las cuentas, Moisés habría nacido en el año 2 de Ramsés, y la ciudad de Per-Ramsés no se comenzó a construir hasta el año 30. La salida de los hebreos de Egipto debió ser algo grandioso, ya que era un número de 600.000, aparte las ovejas, bueyes y un gran número de animales. Si los hebreos querían salir rápido de Egipto con dirección al Mar Rojo, los únicos caminos que pudieron tomar para salir de Egipto fueron el Muro del Príncipe o El Camino de Horus. Pero, estas dos rutas que comunican directamente con el Sinaí están en Menfis. Para llegar a estos caminos deberían permanecer semanas en territorio egipcio, y lo único que éstos querían era salir sin más demora. Es de suponer que antes de partir, debieron tener en su poder un documento escrito y con el sello del rey o bien del visir, ya que solo así se podría confirmar esa orden. De otra manera, no hubieran podido, ya que de ser esclavos, se tendrían que haber enfrentado aun gran número de problemas en los puestos de guardia fronterizos que no hubieran podido solucionar. Pero Ramsés se arrepiente y envía 600 carros para matar a los hebreos. Si tenemos en cuenta que en un carro egipcio iban dos ocupantes, un conductor y un arquero, tocaba a 1000 hebreos por cada carro, y dado que el conductor no puede manejar el arco y guiar los caballos, eso significa que cada arquero debería ir equipado con 1000 flechas. ¿Tan peligrosos eran los hebreos que Ramsés envió un ejército que podría conquistar cualquier fortaleza? Las aguas del Mar Rojo se abrieron dejando un pasillo por el cual los hebreos huyeron, y al paso de los carros egipcios volvieron a cerrarse. Estas mismas aguas, se habían abierto más de 1000 años atrás, cuando la joya que tenía la remera de Snofru se había caído al lago sagrado. Así podríamos estar analizando todo el Éxodo y quedarnos boquiabiertos. Nos encontramos con que una vez que los hebreos están en el Sinaí, Yavhé dice a Moisés: “Di a los hijos de Israel que me traigan ofrendas, vosotros las recibiréis para mi de cualquiera que de buen corazón las ofrezca. He aquí las ofrendas que recibiréis de ellos: oro, plata y bronce, púrpura violeta y escarlata, carmesí, fino lino y pelo de cabra, pieles de carnero teñidas de rojo y pieles de tejón, madera de acacia, aceite de lámparas, aromas para el óleo de unción y para el incienso aromático, piedras de ónice y otras piedras de engaste para el efod y el pectoral. Hazme un santuario y habitaré en medio de ellos. Os ajustaréis a cuanto voy a mostrarte como el modelo del santuario y de todos sus utensilios. (E. 25 2-9).” ¿De dónde iban a sacar los hebreos el oro, la plata, el bronce, la púrpura, la acacia, el aceite de lámparas, la mirra y el incienso, las piedras de engaste y el pectoral? No hablemos de la fabricación del arca, de la mesa y del candelabro de oro, el efod de oro fino, el pectoral, la diadema hecha con láminas de oro. Se necesitan unos grandes conocimientos de orfebrería, tener talleres, herramientas y un gran número de avances técnicos que no poseían los hebreos en aquel momento, y sin olvidar que durante su vida de esclavitud en Egipto no moldeaban el oro, sino que solo fabricaban ladrillos de barro. No estamos negando la veracidad de los hechos que la Biblia nos cuenta, simplemente estamos exponiendo que aquello que los exegetas escribieron, lo heredaron del Antiguo Egipto, ya que ellos no tenían herencia que ofrecer. Si el Éxodo existió, fue un hecho tan insignificante para los egipcios que ni siquiera les mereció la pena dejarlo por escrito. Y, si el Éxodo existió y los hebreos en realidad huyeron de Egipto, ¿por qué este hecho no fue recogido por ninguno de los países que rodeaban a Egipto? De ser certero este relato, el haber dado semejante paliza a los ejércitos de Ramsés era algo que, a todas luces, incitaría a muchos enemigos milenarios a lanzarse a la conquista de Egipto, véase libios ó nubios. Si aparecieron las copias hititas del tratado de paz, ¿por qué no se recogió en otros textos ninguna mención a esta derrota tan humillante? Tal vez, porque jamás existió. Podemos concluir este repaso al Antiguo Testamento con el Libro de los Macabeos, el cual comienza haciendo referencias al gran Alejandro III de Macedonia, y es a partir de este libro cuando comienzan a aparecer fechas concretas. Ya no leemos del año tal al año cual de un rey, sino que vemos como Antíoco IV se hizo con el poder en el año 137 del reinado de los griegos. Cuando se comienza la trascripción de la época cristiana, Roma había absorbido totalmente al mundo heleno, y también al mundo egipcio. Los escribas judíos de aquella época que vivían en Alejandría estaban totalmente egiptizados, y todavía no habían abandonado sus raíces helenas cunado Egipto vio nacer a una rama del cristianismo que sería el enlace entre la nueva religión y el antiguo culto pagano, la iglesia Copta. Luis González González, "Todo lo que debe saber sobre el Antiguo Egipto"

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